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| Viñeta publicada en el Diario de Ávila del sábado 19 de septiembre |
lunes, 21 de septiembre de 2015
domingo, 20 de septiembre de 2015
Mañana tiempo habrá... Hoy CAMPEONES
Tentados hemos estado de dedicar la entrada de hoy a otros menesteres. Temas no han faltado. Fin de semana tranquilo pero con muchos focos latentes. No obstante hemos aguantado hasta ultimísima hora para confirmar la buena noticia del domingo. ESPAÑA CAMPEONA DEL EUROBASKET 2015. Y mañana... Ya saldrá el sol por Antequera.
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| Imagen extraída del periódico digital 20 minutos |
sábado, 19 de septiembre de 2015
viernes, 18 de septiembre de 2015
Hoy, si se nos permite, un poquito de baloncesto
Ayer muchos se acostaron ajenos a la gesta. Otros no aguantaron la presión y apagaron la tele o cambiaron de canal. Aún así muchos, muchísimos, siguieron fielmente, vibraron, sufrieron y finalmente estallaron de alegría con el triunfo de los nuestros. Se consumó la vendetta. España le devolvía la moneda que amargamente recibimos nosotros en “nuestro” mundial el año pasado.
Vivimos tiempos en los que hay muchos sin sabores y las malas noticias son el pan nuestro de cada día. No descartamos, al menos eso siempre se ha dicho, que nuestros “dirigentes” hayan querido o quieran distraer al populacho mediante fútbol y más fútbol. Aunque esos argumentos que esgrimen algunos igual valieron en otro tiempo , ya que hoy son más los intereses de las televisiones, que son las que reparten el fútbol para copar la semana, que lo que puedan dictaminar nuestros gobernantes).
Fútbol todos los días de la semana, al más puro estilo del anuncio que decía:
Ella: Estoy harta, todos los días fútbol. Sábado fútbol, domingo fútbol, lunes fútbol, martes fútbol, miércoles fútbol, jueves fútbol... El viernes es el único día que no hay fútbol!!!!
Él: Tranquila cariño, QUE YA PONEMOS UN PARTIDO GRABADO!!!!
Y hay que reconocer que funciona, que habiendo fútbol muchísima gente ni piensa, ni se altera, ni… Ni se queja.
Pero no hablamos de fútbol, hoy toca baloncesto. Y es de agradecer, en estos tiempos que corren, que algo nos haga sacar esa sonrisa que parece cada vez más cuesta. Hoy nos hemos levantado orgullosos. Orgullosos de esa gente que jugando a meter la pelotita por un aro han ganado su pase a la final del Eurobasket y con ello su pasaporte a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Orgullosos porque le hemos devuelto la moneda, como decíamos más arriba, y ante 27000 franceses les hemos echado de “su” Eurobasket. Y orgullosos, todo hay que decirlo, de ser españoles y enarbolar nuestra bandera en feudo ajeno. Hubo un tiempo, dado que la rivalidad España-Francia es ancestral, en la que decíamos a los franceses: Soy español, ¿A qué quieres que te gane?
Gracias a la selección española de baloncesto por contribuir a que hoy seamos un poco más felices. Quien no haya tenido la oportunidad de ver esta "hazaña" puede hacerlo a través de la web de cuatro en mitele.es.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Desear la muerte a quien no opina como tú
Lo del Toro de la Vega está levantando ampollas, generando todo tipo de corrientes (a favor y en contra), y produciendo que algun@ saque los pies del tiesto.
Porque se puede estar a favor o en contra. No vamos a defender ninguna de las dos posturas. Entendemos que haya quien quiera evitar el sufrimiento animal. Y “entendemos” que haya quien quiera mantener vivas ciertas tradiciones. Ojo, una cosa es entender que se quieran mantener las tradiciones y otra muy distinta que se entiendan las tradiciones en sí.
Nosotros no sabemos más del Toro de la Vega que lo que nos han ofrecido los medios de comunicación los últimos años, no estamos en disposición de emitir un juicio de valor dado que desconocemos en qué consiste realmente este “festejo”, sus orígenes, motivos y normas. Visto “tal cual” con lo que nos bombardean los medios parece una carnicería que para nada tiene que ver con el “mundo de los toros”. refiriéndonos con ello a las corridas de toros y festejos taurinos.
Efectivamente, sin más datos, nos puede parecer una “salvajada”. Pero de una opinión errónea o no que emitimos, ya decimos que sin más datos que las imágenes y comentarios vertidos durante los últimos días, a DESEAR LA MUERTE A LOS PARTICIPANTES, hay un trecho.
Y, ¿por qué decimos esto?, porque una vecina de nuestro pueblo, una persona que se presentó en la lista de Comprometidos en las pasadas elecciones, ha tenido a bien expresarse en los términos que a continuación exponemos en un blog que regenta:

Desear la muerte a alguien que no opina como tú dice mucho de lo democrátic@ y coherente que pueda ser una persona. Huelga hacer comentarios.
miércoles, 16 de septiembre de 2015
Para los que siempre critican
Hay gente que le gusta criticar. Disfruta con ello. De hecho diríamos que vive para ello y dedica su tiempo (que en ocasiones es todo) a esta empresa.
Hace unos días, el entrenador del Real Madrid, trajo a colación una “parábola” para explicar que hagas lo que hagas SIEMPRE te lo van a criticar. Este cuento o parábola se puede encontrar en muchas versiones, pero cualquiera de ellas vale para explicar lo que hoy traemos.
Lo difícil realmente es vivir ajenos a la crítica, más aún cuando se hacen cosas de buena fe y en beneficio de nuestro pueblo. Pero, como decíamos al principio, los que exclusivamente dedican su vida a sacar punta a las cosas, se haga lo que se haga lo criticarán.
La parábola de una familia y su burro
Había una vez un matrimonio y su hijo de 12 años. Decidieron viajar, buscar trabajo en otros lugares y conocer mundo. Así que se fueron los tres con un burro que tenían.
Al pasar por el primer pueblo, la gente comentaba:
- Mira ese chico mal educado, él encima del burro y los pobres padres, mayores que él, llevándolo de las riendas.
Entonces la mujer le dijo a su esposo:
- No dejes que hablen mal del chiquillo.
El esposo lo bajó y se subió él. Pero al llegar al segundo pueblo, la gente murmuraba:
- Mira que sinvergüenza ese tipo, deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras él va muy cómodo encima.
Entonces tomaron la decisión de subirla a ella al burro, mientras padre e hijo tiraban de las riendas.
Al pasar por el tercer pueblo, la gente comentaba:
- ¡Será posible!, pobre hombre, después de trabajar todo el día, debe llevar a la mujer sobre el burro. Y pobre hijo, ¡qué futuro le espera con esa madre tan egoísta!
Se pusieron de acuerdo y decidieron subir los tres al burro, a ver si así dejaban de criticarlos. Pero al llegar al pueblo siguiente, escucharon a la gente decir:
- Menudos bestias, ¿van a partirle la columna al pobre burro!, ¡cómo se les ocurre!
Por último, tomaron la decisión de caminar los tres junto al burro. Pero al pasar por el pueblo siguiente no podían creer lo que las voces sonrientes decían de ellos:
- Mirad a esos tres idiotas. Van caminando, cuando tienen un burro que podrían llevarlos.
Hagas lo que hagas siempre te criticarán. Así que, nunca te preocupes por lo que digan los demás (aunque, como decimos, sea difícil y el corazón te inspire hacer otras cosas)..
martes, 15 de septiembre de 2015
Hoy toca Reverte: Los godos del emperador Valente
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| Arturo Pérez-Reverte |
En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.
Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.
Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.
A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.
Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.
Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.
La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.
Artículo de Aturo Pérez-Reverte extraído de la web http://www.perezreverte.com/, Patente de Corso
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